Durante mucho tiempo pensé que ser perfeccionista era una virtud. Creía que significaba hacer las cosas bien, esforzarme al máximo y no conformarme con cualquier resultado. Pero con el tiempo entendí que, en mi caso, el perfeccionismo no me estaba ayudando a crecer; me estaba impidiendo disfrutar del camino.
Había momentos en los que sentía auténtica ansiedad porque las cosas no salían exactamente como yo las había imaginado. Si el resultado no era perfecto o encontraba el más mínimo fallo, mi cabeza empezaba a darle vueltas una y otra vez. Era incapaz de ver todo lo que había hecho bien porque mi atención se centraba únicamente en aquello que, según yo, podía haber sido mejor.
Ese fue uno de los temas que más trabajé con mi psicóloga.
Descubrí que detrás de ese perfeccionismo no había solo ganas de hacerlo bien, sino también un miedo enorme a equivocarme, a no ser suficiente o a sentir que había decepcionado a alguien, incluso a mí misma.
Lo peor era el círculo en el que terminaba entrando. Cuanto más miedo tenía a no hacer algo perfecto, más me costaba empezar. Y cuando finalmente lo hacía, cualquier pequeño error era suficiente para hacerme sentir mal. Esa sensación acababa llevándome a procrastinar, porque mi mente prefería no hacer nada antes que enfrentarse a la posibilidad de no hacerlo perfecto.
Y entonces aparecía la culpa.
Me culpaba por haber dejado las cosas para después, por no avanzar y por sentir que estaba perdiendo el tiempo. Sin darme cuenta, el perfeccionismo me estaba robando algo mucho más importante que un buen resultado: la tranquilidad.
Con el tiempo aprendí algo que cambió mi forma de afrontar muchos proyectos: es mejor empezar que esperar a que todo sea perfecto. Aprendí a dar el primer paso aunque sintiera que aún no estaba preparada y, después, ir mejorando por el camino.
Porque la realidad es que casi nada nace perfecto. Las cosas evolucionan, se corrigen, se adaptan y crecen contigo. Si hubiera esperado a sentir que todo estaba listo, probablemente nunca habría empezado muchas de las cosas que hoy me hacen feliz.
También me he dado cuenta de que esa exigencia no solo la tenía conmigo. Sin querer, empecé a reflejarla en mi pareja.
Lo quiero profundamente y siempre deseo que le vaya bien, que crezca y que saque la mejor versión de sí mismo en todos los ámbitos de su vida. Pero con el tiempo he entendido que, aunque mi intención sea buena, no siempre es la manera correcta de acompañar a alguien.
Cada persona tiene su propio ritmo, sus propios tiempos y sus propias batallas. Lo que para mí puede parecer un paso lógico, para otra persona puede requerir meses o incluso años. No todos aprendemos igual, ni evolucionamos de la misma manera.
Y creo que amar a alguien también significa respetar su proceso, incluso cuando es diferente al tuyo.
Hoy sigo siendo una persona exigente conmigo misma. No creo que eso vaya a desaparecer de un día para otro. Pero estoy aprendiendo que hacer las cosas con ilusión es mucho más importante que hacerlas perfectas.
Porque la perfección no existe.
Y mientras esperaba a que todo fuera perfecto para sentirme orgullosa, me estaba perdiendo la oportunidad de disfrutar de todo lo que ya estaba consiguiendo.
Ahora intento recordarme algo cada vez que mi cabeza vuelve a exigirme demasiado: hecho es mejor que perfecto.
Porque al final, las personas no conectan con la perfección. Conectan con lo auténtico, con los errores, con el aprendizaje y con las historias reales.
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