Cuando estás tan cerca… y la vida te obliga a empezar de nuevo

Hay una sensación de la que se habla muy poco.

No es la de fracasar al principio, cuando todavía estás aprendiendo y sabes que queda mucho camino por recorrer. Tampoco es la de rendirte porque ya no quieres seguir.

Es otra muy distinta.

Es la sensación de estar tan cerca de conseguir algo que ya puedes imaginar cómo será cuando lo alcances… y, de repente, verlo desaparecer delante de ti.

Creo que esa es una de las decepciones más difíciles de gestionar.

Porque cuando estás lejos de una meta, todavía existe cierta distancia emocional. Sabes que queda trabajo por hacer y que todavía pueden pasar muchas cosas. Pero cuando ya casi has llegado, tu mente empieza a vivir ese futuro como si fuera real. Empiezas a hacer planes, a imaginar cómo cambiará tu vida, a pensar que, esta vez sí, todo el esfuerzo habrá merecido la pena.

Y entonces ocurre algo.

Un error.

Una mala noticia.

Una decisión que no depende de ti.

O simplemente un día en el que nada sale como esperabas.

Y, de un momento para otro, vuelves a la casilla de salida.

Lo más duro no es tener que empezar otra vez.

Lo más duro es despedirte de la versión de ti que ya se veía al otro lado.

Porque, durante unos instantes, sentiste que lo habías conseguido.

Y ahora tienes que convencerte de que merece la pena volver a recorrer el mismo camino.

Hay días en los que eso duele.

Duele ver cómo otras personas siguen avanzando mientras tú vuelves a hacer las maletas para empezar desde el principio.

Duele pensar en todas las horas invertidas.

En la ilusión que habías puesto.

En las conversaciones que ya habías tenido imaginando el siguiente paso.

Y, sobre todo, duele preguntarte si tendrás fuerzas para volver a intentarlo.

Hace tiempo habría pensado que empezar de cero significaba perder todo lo que había construido.

Ahora ya no lo veo así.

Porque empezar de nuevo no significa ser la misma persona que empezó la primera vez.

La diferencia es que ahora llevas contigo la experiencia, los errores, las lecciones y la certeza de que ya fuiste capaz de llegar hasta ese punto una vez.

Eso nadie puede quitártelo.

Quizá la vida no te está diciendo que no lo vas a conseguir.

Quizá solo te está pidiendo que llegues de una forma diferente.

Con más paciencia.

Con menos prisa.

Con una versión de ti que ya no necesita demostrar nada a nadie.

Todavía no sé cuánto tardaré en volver a estar cerca de esa meta.

Pero sí sé una cosa.

La próxima vez que llegue, no será por suerte.

Será porque decidí seguir caminando el día en que todo parecía haber terminado.

Y, a veces, ese también es un éxito del que casi nadie habla.

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