Hay una frase que me he repetido durante años sin darme cuenta.
«Cuando consiga esto, seré feliz.»
Cuando pierda peso.
Cuando tenga ese trabajo.
Cuando gane más dinero.
Cuando publique ese proyecto.
Cuando me case.
Cuando tenga más tiempo.
Cuando…
Siempre hay un «cuando».
Y el problema no es tener objetivos. De hecho, creo que tener ilusiones es una de las cosas que nos mantiene vivos.
El problema aparece cuando convertimos cada meta en una condición para permitirnos ser felices.
Porque entonces sucede algo curioso.
Llegas.
Consigues aquello que llevabas meses, incluso años, deseando.
Lo celebras unos días.
Y, casi sin darte cuenta, tu cabeza ya está buscando la siguiente montaña que escalar.
Otra meta.
Otro objetivo.
Otro «cuando».
Es un bucle silencioso.
Uno en el que siempre sentimos que la vida buena está un poco más adelante.
Como si la felicidad viviera en una estación a la que nunca termina de llegar nuestro tren.
Y mientras tanto…
Se nos escapan los cafés tranquilos.
Las conversaciones largas.
Las personas.
Los domingos sin prisa.
Los pequeños momentos que, cuando pasen los años, probablemente sean los que realmente echemos de menos.
He pensado mucho en esto porque yo también vivo llena de proyectos.
Me ilusiona construir cosas.
Me gusta aprender.
Tengo sueños que todavía quiero cumplir.
Pero cada vez intento recordarme algo.
No quiero que mi vida sea únicamente una sala de espera.
No quiero mirar atrás dentro de diez años y descubrir que siempre estuve preparándome para empezar a vivir.
Porque quizá la vida no empieza cuando alcanzamos la siguiente meta.
Quizá ya está ocurriendo mientras perseguimos esa meta.
Y merece ser vivida también.
Hoy.
Con lo que ya tenemos.
Con lo que todavía falta.
Con las dudas.
Con los días normales.
Con los días imperfectos.
Porque si esperamos a que todo esté en orden para permitirnos ser felices, probablemente siempre encontraremos algo más que arreglar.
Y la felicidad seguirá mudándose unos pasos más adelante.
