Hay viajes que haces para conocer un lugar nuevo.
Y hay otros que haces porque hay personas que hacen que quieras volver.
Este fin de semana me escapé a Lisboa.
No fue un viaje largo ni especialmente planificado. Llegué el viernes por la noche y el domingo por la noche ya estaba de vuelta a casa. Apenas un fin de semana, pero suficiente para cambiar un poco de aire, caminar muchísimo, comer rico, descansar y, sobre todo, pasar tiempo con personas muy especiales para mí.
Lisboa es una ciudad a la que vuelvo de vez en cuando.
Ya he estado muchas veces y, aunque podría pensar que después de tantas visitas ya debería haber perdido un poco la emoción, no me pasa.
Me gusta.
Y creo que también tiene mucho que ver con que allí vive gente a la que quiero mucho.
Así que siempre encuentro una razón para volver.
Sábado: Lisboa, tranvías y caminar sin rumbo
El sábado ya teníamos planeado aprovechar al máximo el día. Por suerte, un amigo de toda la vida también visitaba la ciudad, así que quedamos para pasar el día con él. Haciendo cuentas, habían pasado 20 años desde la última vez que lo vimos. Yo era apenas una niña.
Y lo más curioso de todo fue que, después de tanto tiempo, el reencuentro se sintió como si no hubiera pasado absolutamente nada. La misma confianza, las mismas risas y esa sensación de estar con alguien conocido, como si esos 20 años simplemente no hubieran existido. Creo que hay personas con las que pasa eso: aunque la vida te lleve por caminos diferentes y pase muchísimo tiempo, cuando vuelves a encontrarte, algo sigue exactamente en el mismo lugar.
Estuvimos caminando muchísimo por Lisboa, ya que él no conocía nada, así que aprovechamos para enseñarle un poco la ciudad. Siempre me encanta el ambiente de Lisboa, donde hay tantos idiomas, tanta diversidad y gente de tantos lugares diferentes.
Fuimos a comer a un sitio del que, la verdad, no recuerdo el nombre, pero todo estaba riquísimo. Pedimos una ensalada de burrata, croquetas, pulpo y entrecot y, para finalizar, una crème brûlée.
La cuenta fue de 98 € y, la verdad, en relación calidad-precio, estuvo muy bien.

Luego caminamos muchísimo para bajar la comida y para que él siguiera conociendo un poco más la ciudad. Nos subimos al tranvía 28, que es uno de los más emblemáticos de Lisboa, y llegamos hasta la Graça.

Fuimos hasta Alfama y terminamos el día en la Plaza del Comercio, con un mojito y una tablita de quesos.
Lo que pagamos, si creo que fue un poquito excesivo, pero bueno… somos abundantes jajaja.
Y después de todo el día caminando, sentarnos un rato, tomar algo y simplemente disfrutar del ambiente fue el cierre perfecto para el día.

Domingo: modo sofá
El domingo fue completamente diferente.
Después del sábado de caminar como si nos persiguiera alguien, decidimos que nuestro plan del día iba a ser…
No hacer nada.
Y sinceramente, fue maravilloso.
Estuvimos en casa todo el día.
Descansando.
Hablando.
Comiendo.
Y esperando a que llegara la hora de volver.
Querido diario, nos leemos en la próxima.
