Han pasado algo más de dos años desde que me sometí a una cirugía bariátrica y, aunque mi cuerpo ha cambiado muchísimo, hay días en los que mi mente sigue viéndose como cuando pesaba 101 kilos.
Y, siendo sincera, ese ni siquiera fue mi peso más alto. Llegué a pesar 110 kilos. Fueron años de intentos, dietas, subidas, bajadas y una lucha constante con mi cuerpo. Pero esa historia merece su propio espacio y algún día os la contaré.
Lo curioso es que, aunque casi treinta kilos ya no están conmigo, hay pensamientos que siguen ahí.
Todavía le pregunto a mi pareja si cree que he engordado. Si estoy comiendo más de la cuenta. Si nota algún cambio. Busco una confirmación que, en el fondo, nunca termina de tranquilizarme.
Y entonces aparece una pregunta que me acompaña desde hace tiempo:
¿En qué momento cambia también la cabeza?
Porque el cuerpo puede transformarse mucho más rápido que la forma en la que nos percibimos.
Durante una temporada acudí a una psicóloga porque tenía miedo de desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria. A día de hoy, siendo completamente honesta conmigo misma, todavía me pregunto si esa relación con la comida y con mi imagen está realmente sana.
Hay días en los que siento que perder casi treinta kilos no ha sido suficiente. Como si siempre existiera una meta nueva que alcanzar antes de permitirme estar satisfecha conmigo misma.
Y eso es agotador.
Sin embargo, también sería injusto olvidar todo lo que sí ha cambiado.
Antes evitaba salir de casa. Cancelaba planes porque estaba convencida de que las personas iban a fijarse únicamente en mi cuerpo. Sentía que cualquier mirada era un juicio y que cada comentario imaginario confirmaba aquello que yo ya pensaba de mí.
Hoy vivo de una forma muy diferente.
Salgo. Hago deporte. Me siento más fuerte. Disfruto de experiencias que antes evitaba. Mi calidad de vida ha mejorado muchísimo y eso merece ser celebrado.
Pero sanar la relación con uno mismo no termina el día que baja el número de la báscula.
Es un trabajo mucho más silencioso.
Un trabajo que consiste en aprender a aceptar el reflejo que devuelve el espejo, incluso cuando tu mente insiste en mostrarte una versión antigua de ti.
Cada día intento recordarme que mi percepción no siempre refleja la realidad.
Porque la mente puede convertirse en nuestro mayor refugio o en nuestro crítico más duro. Y cuidar de ella es tan importante como cuidar del cuerpo.
Quizá este proceso nunca consista en llegar a un peso concreto.
Quizá el verdadero reto sea aprender a mirarnos con la misma compasión con la que miraríamos a alguien que queremos.
Y ese, al menos para mí, sigue siendo el camino que estoy aprendiendo a recorrer.
Gracias por leer un capítulo más de esta vida sin manual.
