Deja de preguntarle a todo el mundo si has engordado

Hace unas semanas me di cuenta de que estaba haciendo algo de lo que ni siquiera era consciente. Le preguntaba a mi novio si me veía más gorda. Al día siguiente se lo preguntaba a mi tia. Más tarde a una amiga. Y cuando tenía la oportunidad, volvía a hacérselo a otra persona.

Lo curioso es que la respuesta casi siempre era la misma.

—No, yo te veo igual.

Pero, por alguna razón, esa respuesta nunca conseguía tranquilizarme. A los pocos días volvía a hacer la misma pregunta, como si necesitara escucharla una y otra vez. Hasta que entendí que el problema no estaba en la respuesta de los demás.

El problema estaba en mí.

En realidad, yo no estaba buscando saber si había engordado o no. Lo que estaba buscando era que alguien confirmara el miedo que yo ya tenía dentro. Era como si necesitara escuchar en voz alta aquello que llevaba semanas repitiéndome en silencio.

Después de una cirugía bariátrica aprendes muchísimas cosas. Aprendes a comer de una forma diferente, a escuchar a tu cuerpo y a entender que el peso nunca permanece exactamente igual. Hay épocas en las que bajas, otras en las que te estabilizas e incluso momentos en los que recuperas algunos kilos. Mi nutricionista ya me había explicado que eso podía pasar y que formaba parte del proceso. Lo sabía racionalmente.

Pero saberlo y aceptarlo son dos cosas completamente distintas.

Hay días en los que me miro al espejo y me siento exactamente igual que hace unos meses. Sin embargo, otros días me pruebo un pantalón, noto que queda un poco más ajustado y mi cabeza empieza a imaginar escenarios que probablemente ni siquiera son reales. Es ahí cuando aparece esa necesidad casi automática de preguntarle a alguien: «¿Tú me ves más gorda?»

Y cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de lo extraño que es.

Porque, si alguna de esas personas me respondiera: «Sí, creo que has engordado un poco», sé perfectamente cómo me sentiría. No me daría paz. No me ayudaría a solucionar nada. Muy al contrario, esa respuesta alimentaría todos los pensamientos negativos que ya existen dentro de mí y probablemente me haría sentir peor de lo que ya me siento.

Entonces comprendí algo que me hizo reflexionar mucho.

No estaba buscando una respuesta.

Estaba buscando una confirmación para castigarme.

A veces somos nosotros mismos quienes buscamos pruebas que confirmen nuestros peores pensamientos. Necesitamos que alguien nos diga aquello que nuestra cabeza lleva días repitiéndonos, como si escuchar esas palabras desde fuera hiciera que fueran más reales. Y es agotador vivir así.

Últimamente estoy intentando dejar de hacerlo. No siempre lo consigo, pero cada vez soy más consciente de cuándo aparece esa necesidad de preguntar. Estoy aprendiendo a confiar un poco más en mi propio proceso y un poco menos en la opinión de los demás, porque sé que, si hoy necesito que diez personas me tranquilicen, mañana necesitaré once. Y pasado mañana, doce. Es un círculo que nunca termina.

Lo que realmente echo de menos es la tranquilidad. Esa paz que sentía cuando dejé de vivir pendiente de cada número que aparecía en la báscula y de cada pequeño cambio en mi cuerpo. Me gustaría volver a mirarme con más cariño y con menos miedo.

Por eso hoy quería escribir este artículo. Porque tengo la sensación de que no soy la única persona que hace esto y, sin embargo, casi nadie habla de ello.

Si tú también te descubres preguntando constantemente: «¿Me ves más gorda?», quizá no estés buscando una respuesta. Quizá, igual que yo, solo estés intentando calmar un miedo que ninguna otra persona puede resolver por ti.

Y aunque todavía estoy aprendiendo a convivir con él, cada día tengo un poco más claro que mi paz no puede depender de la respuesta de los demás. Tiene que empezar por la forma en la que yo decido hablarme cuando me miro al espejo.

Merecemos más que una vida intentando bajar de peso

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